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De Facebook, ataúdes, muerte e hijos de puta

Kathleen Edwards
Si bastante tiene esta familia con soportar el peso de la peor de las desgracias, hace poco más de tres meses hubo de sufrir un agravio mayor. Los Edwards son vecinos de Scott y Jennifer Petkov, calificados ahora como la pareja más cruel del país, por los medios más políticamente correctos, y como dos auténticos hijos de la gran puta y desechos humanos putrefactos, por el resto.

Jennifer y Scott Petkov (vía Fox 2 News)
Una fiesta de cumpleaños en casa de los Edwards tuvo la culpa de todo. Jennifer Petkov envió un SMS a sus vecinos para tantear la posibilidad de que sus hijos acudieran a la celebración. El destino quiso que aquel mensaje no llegara correctamente, no se leyera a tiempo o se olvidara su respuesta. Desde aquel entonces, los Petkov tomaron la no invitación como una afrenta y comenzaron los acosos a la pobre niña enferma.
Jennifer Petkov creó un grupo en Facebook para mofarse de la pequeña y reírse de su cercana muerte. Colgó fotografías de la madre de Kathleen rodeada por los brazos huesudos de la representación de la muerte y, también, otras de la cara de la niña sobre dos tibias cruzadas, a guisa de bandera pirata macabra.

Siniestros fotomontajes creados por Jennifer Petkov (vía Fox 2 News)
El odio irracional de esta pareja hacia Kathleen Edwards llegó al punto de estacionar frente a su casa una camioneta con un ataúd negro, en su parte trasera descubierta, en el que se podían leer mensajes como Death proof o Death machine. En el siguiente vídeo (en inglés) se puede ver la mencionada camioneta, así como fotografías de la cuenta de Facebook y una pequeña y vomitiva entrevista a la principal acosadora (Jennifer Petkov) donde se jacta de sus enfermos actos y se pone en evidencia como integrante de la raza humana. La mujer llega a contestar a la reportera de la Fox que todo lo han hecho por «satisfacción personal» y, asevera en inglés algo que no he sido capaz de traducir más allá de lo literal: «Because it rubs their ass raw«. El significado debe de ser horrible, porque la periodista contesta «eso suena enfermo». (Aprovecho para hacer un llamamiento a los agudos lectores de este blog con el fin de que envíen el significado de esa expresión a través los comentarios).
En fenómeno saltó de los medios televisivos a Internet, donde se convirtió en un asunto viral que corrió de blog en blog y de web en web. Enseguida se generaron protestas online en contra de esta pareja de anormales, y los propios vecinos de la zona donde viven salieron a la calle para protestar por tales actitudes tan reprobables. Sus actos de humillación se volvieron contra ellos. Facebook floreció de páginas a favor de la chiquilla y en contra de los Petkov, millones de personas de todo el mundo transmitieron su apoyo a la familia, representantes de Toys ‘R’ Us regalaron multitud de juguetes a la niña y los responsables del espectáculo ‘Disney On Ice’ la convidaron como invitada de honor a uno de sus pases. Recibieron, también, miles de dólares desde todos los lugares del planeta para ayudar a la muchacha.
Como no podía ser de otra manera, los Anónimos congregados en 4chan declararon acciones inmediatas contra la pareja. Y eso ya da más miedo. Jennifer Petkov salió al paso enseguida, eliminando el grupo de Facebook, pidiendo públicas disculpas a la niña y a su familia y manifestando que no era su intención que una disputa vecinal se convirtiera en una bola de nieve tan grande. Vamos, que le vieron las orejas al lobo y se acojonaron con todas las letras. Además de bastardos, cobardes.
Scott Petkov fue sancionado en su trabajo nada más conocerse los hechos. Al día siguiente retiró la camioneta con el ataúd por miedo a perder el empleo. Su mujer aseguraba entre lágrimas que su marido es un buen hombre, que no tiene nada que ver en todo esto. Un hijo de ambos tuvo que ser enviado a casa desde el colegio por una pelea con un compañero. Una familia que se deshace a causa de una madre desequilibrada.
Y es que la tal Jennifer esta no debe de ser trigo limpio. Resulta que, posteriormente, apareció la noticia de que sería inculpada por intentar atropellar a otra vecina con intención de matarla. La vecina, Tana Boling, asegura que sucedió cuando cruzaba la calle para hablar con Rebecca Rose, la abuela de Kathleen Edwards. Jennifer Petkov fue acusada de asalto con arma peligrosa y de conducción temeraria. Su familia corrió con el gasto del diez por ciento de la fianza para sacarla de la cárcel. En fin, que menuda individua.
Los psicólogos aseguran que realmente ella no tiene remordimientos por sus actos y que necesita ayuda inmediata. Mientras tanto, el padre de la pequeña Kathleen Edwards ha hecho un llamamiento a la familia Petkov: «Déjennos solos, eso es todo lo que queremos. No hace falta ningún comentario más acerca de nuestra hija“, ha solicitado. Que así sea.
¡Hasta luego, Lucas!

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La Ley Sinde triplicará las descargas «ilegales»

Se levanta la sesión
Pero, si nos remontamos más atrás en la historia, percibimos que el problema no es, para nada, algo nuevo. En Estados Unidos, durante los años veinte, la Ley Seca, que ilegalizaba por completo el consumo y la elaboración de alcohol, provocó un aumento como nunca se había constatado de bebedores ilegales. La demanda no satisfecha generó mercados negros, mafias y crimen organizado.
Evidentemente, el caso que nos ocupa no representa un veto tan restrictivo, o eso queremos creer. La analogía sólo sirve para demostrar que la privación de derechos o la prohibición de acciones, de todo punto legales a los ojos de la sociedad, multiplica su cometimiento. Y el hecho de descargar o compartir contenidos culturales a través de la Red es algo que está asumido como habitual y legítimo por el total de la población.
Por otro lado, los jueces están obligados a interpretar las normas de una manera coherente a lo que opina la realidad social del momento (artículo 3 del Código Civil). Conforme a esta premisa y al lógico entendimiento de que un sitio web de enlaces no puede violar ley alguna, ningún magistrado ha fallado en contra de las descargas en este país hasta hoy. De ello la necesidad de redactar una ley ad hoc que permita a un Gobierno erigirse en juez y actuar como tal.
Los nuevos remiendos anunciados a la Ley Sinde la devuelven al Senado maquillada como una puta barata, haciéndonos creer que la tutela de los jueces estará siempre velando por los derechos fundamentales de los ciudadanos, cuando todos sabemos que esto no se lo creen ni ellos. En ningún momento se exige una resolución judicial para el cierre de una web, y eso es lo que preocupa en Internet, y mucho.
Sin embargo yo no estoy nervioso. No lo estoy porque, a lo largo de los años, he aprendido a no encabronarme por las cosas que todavía no han sucedido. Eso sólo te lleva a un estado de ansiedad que provoca estrés y mal rollo. No tengo intención de preocuparme hasta que no tenga razones para hacerlo. Los internautas son los que mandan en Internet, y ninguna ley a medida puede cambiar eso, porque por cada web que se cierre aflorarán dieciséis.
Los generadores de opinión más mediáticos de la Red se llevan las manos a la cabeza y se hacen cruces durante estos días. Enrique Dans, Julio Alonso y David Bravo se cabrean con David Maeztu porque éste propone una modificación de la Ley Sinde sin contar con los demás y, encima, una ristra de filtraciones hace creer que están todos en una piña, en plan conspiración con la industria. Todos salen al paso de las noticias, exculpándose y argumentando su no participación en la propuesta del abogado riojano. Al final todo se medio arregla, se aclaran entuertos, se ofrecen explicaciones y las aguas parecen volver a su cauce.
Y yo me pregunto, ¿sirve de algo toda esta algarabía? No conviene darle tantas vueltas a la mierda, porque al final termina por oler. La Ley Sinde va a ser aprobada y punto pelota. Lo importante y lo tranquilizante es saber de antemano que no va a servir de nada. El ciudadano digital no es precisamente bobo y va a saber posicionarse en el momento justo y en su justa medida. Según vayan sucediendo los acontecimientos, los internautas responderán con ahínco a los políticos. Y ellos tienen todas las de perder.
La Ley Sinde es una buena noticia, porque va a permitir que el intercambio de la cultura se triplique en este país. Se descargará más y se comprará menos; el efecto rebote está asegurado. Y mientras no se den cuenta de que el modelo de negocio tiene que cambiar, y no pasar por, o consistir en, prohibir y amenazar, sus industrias seguirán en viaje en picado hacia el subsuelo de los arquetipos más anacrónicos.
No, Alejandro, no habéis conseguido nada, sino todo lo contrario.
241543903: La indescifrabilidad de la raza humana

241543903
A un alumbrado llamado David Horvitz se le ocurrió un buen día del mes de abril del año 2009 hacerse una foto con la cabeza metida en el congelador y subirla a Flickr. Además, instó a sus visitantes a realizar la misma acción y a colgar la imagen en cuestión en cualquier servicio de alojamiento con una etiqueta (o tag) que incluyera el número 241543903.
El caso es que multitud de elementos bípedos, supuestamente racionales, se lanzaron de cabeza con su ídem al congelador, fotografiando el relevante suceso y alojando las fotos en la Red con la correspondiente etiqueta numérica 241543903. Tal fue la avalancha de fotografías cabecicongeladas que, si escribimos el guarismo en cuestión en el buscador de imágenes de Google, aparecen tantos resultados que se pueden contar por miles.
Por otro lado es lo que buscaba David Horvitz, conseguir asociar un número a una imagen para que su indexación en los motores de búsqueda fuera óptima. ¿Una prueba fehaciente de que Google funciona correctamente o una fricada de marca mayor? El señor Horvitz es un artista neoyorquino conocido por sus proyectos de naturaleza excéntrica, por lo que me inclino más por la opción de «absurda manera de llamar la atención». Yo es que el arte contemporáneo no lo acabo de entender.

Más homínidos en la nevera
Hace escasos días que Horvitz ha destapado la historia que hay detrás del número 241543903, algo que a los habitantes de este planeta nos tenía en un sinvivir mayor que el de los números chungos de Perdidos (Lost). Resulta que fueron fruto de una combinación entre el número de serie de su frigorífico y los códigos de barras de una bolsa de fideos y un paquete de vainas de soja. Resulta impresionante lo que se observa desde el punto de vista del sujeto cuya cabeza ha sido introducida en un congelador. Madre mía.
La popularidad de este meme internetero resultó ser todo un fenómeno mundial. El mismo día del llamamiento se colgó una nueva foto en Flickr, y semanas más tarde se registró el dominio 241543903.com. En Brasil, gracias a un amigo personal de David, el acto de congelarse la cabeza se convirtió en religión; en Japón ocurrió tres cuartos de lo mismo, aunque allí no hizo falta intermediación alguna, los japoneses son lo bastante friquis como para apuntarse a esto y a un bombardeo si hace falta.
En enero de 2010 había ya cientos de fotografías en Flickr bajo la etiqueta 241543903, extendiéndose, entonces, a redes sociales como Facebook, Twitter y MySpace. En diciembre de 2010 la popularidad del fenómeno tuvo un repunte gracias a un nuevo llamamiento desde Tumblr. Incluso existen camisetas y objetos diversos de merchandising acerca del meme del número 241543903.
La raza humana es maravillosa, lo mismo nos matamos entre nosotros en cruentas guerras que nos subimos todos juntos al carro del despropósito más absurdo y estúpido, sin distinción de países, razas o religiones. Mejor nos andaría si fuéramos más irreflexivos e impetuosos, pues tanto meditar la forma de hacer daño al vecino nos quema neuronas de manera innecesaria. Menos formalidades y más cabezas en congeladores.
La hacker más sexy del mundo ni es hacker ni es sexy

Kristina Svechinskaya
Es curiso, porque de la noticia no conocimos ni el nombre de la banda, ni el de la operación policial, ni el del juez que llevaba el caso en los USA. No habríamos oído siquiera mencionar el tema de no ser por una de las integrantes del desfalco, una joven rusa de veintiún años llamada Kristina Svechinskaya.
Las rotativas sensacionalistas de medio planeta digital apodaron rápidamente a Kristina como «la hacker más sexy del mundo», y su romántica figura fue rápidamente relacionada con la de Anna Chapman, la guapa empresaria de origen ruso acusada de espionaje por el Fiscal General de los Estados Unidos meses antes y deportada en julio de 2010. ¿Qué tienen las rusas?
La adorable chiquilla, de ojos de cristal de Swarowsky y trasero reciamente ceñido por pantalones de hechura imposible, levantó la voz de los internautas contra su proceso, en el que se solicitaban hasta cuarenta años de cárcel para la torda ex soviética. Llorando como una Magdalena llegó a los juzgados, con mohín de apiádense de esta pobre niña rica de mirada penetrante.
El imaginario de la comunidad internauta salta como un resorte cuando aparece en portada una cara bonita unida a un ilusorio concepto geek underground. Todos los blog del mundo mundial se hicieron eco de la noticia, y los medios tradicionales también, recabando fotos de la muchacha y apostando por su puesta en libertad. Y es que cómo se va a juzgar a una criatura tan divina como esta por algo tan molón como la idea robinjudiana de robar al rico para agasajar al pobre. La realidad es bastante menos romanticona.
Lo cierto es que Kristina Svechinskaya era una alumna universitaria con visado de estudiante residiendo en Manhattan. Como lo era también buena parte de los otros 37 detenidos en Nueva York, jóvenes procedentes de las repúblicas ex soviéticas que fueron reclutados por una organización de piratas informáticos, camaradas y compatriotas, para hacer de mulas de dinero, es decir, hacer las veces de piezas de lavado de capital robado en el entramado criminal.

Otra foto de la muchacha
Además, el mito se cae por su propio peso cuando te percatas de que lo que hacía esta gente era robar los ahorros de particulares y pequeños empresarios para engordar su libreta de ahorros a costa de quitarle a los pobres. Nada de grupo de hacker con ideales anticapitalistas que desenmarañan las protecciones de seguridad de grandes compañías y gobiernos, por el simple placer del reto intelectual que ello supone. Simples chorizos de tres al cuarto.
Dudo de la capacidad de Svechinskaya para manejar un troyano. Su cometido (como el del resto de reclutas) era el de abrir cuentas bancarias con nombres falsos o a favor de empresas que no existían. A estas cuentas se desviaba el dinero robado por los verdaderos hacker, dispersando así su botín, y que abonaban un montante del 10% de lo sustraído a los incautos jovenzuelos colaboradores, Kristina entre ellos.
Sin embargo, es mucho más novelero colocar a una moza de buen ver al lado del romántico ideal de leyenda antisistema que representan los hacker, haciendo, por otro lado, bastante daño al concepto real de lo que es un hacker. Pero no, ya lo siento por ustedes, Kristina Svechinskaya no es ninguna hacker, y recelo bastante de sus capacidades informáticas más allá de actualizar su perfil de Facebook.
Y con respecto a lo de sexy, hombre, todo es cuestión de gustos. A mí, desde luego, la petarda que se puede ver en la fotografía central que incluye esta entrada podría ser de todo menos sexy. Esas uñas ochenteras de tarotista televisiva de media noche, ese pantalón de lycra elástica y esa blusa transparente que deja al descubierto el encaje del sostén se acercan tanto a mi concepto de elegancia y atractivo sexual como se asemejan una mariposa y un caballo. Muchos pueden discrepar y pensar que la chiquilla tiene un revolcón, pero de ahí a ponerla de sexy va un mundo.
Las mentes inquietas y calenturientas de los friquis digitales necesitan de una reina que ocupe el puesto que se merece en un mundo tecnológico copado de testosterona. Ello nos lleva a relacionar tetas y bits a la primera oportunidad que se presente, aunque el nexo no llegue más allá de un titular periodístico populachero. Desde luego, si la cuestión en fusionar belleza, distinción y tecnología, me quedo con tipas del estilo de Jade Raymond antes que con estorninos como este, por mucha pinta que tengan de espías que surgieron del frío. Como decía, es cuestión de gustos. Sin más.
Al fin y al cabo, cuando salga de la trena, siempre puede vender su cuerpo a alguna revista masculina de digestión fácil, como hizo en su día la propia Anna Chapman en Maxim. Dinero fácil es dinero fácil.

