La razón fundamental por la que la #spanishrevolution no va a servir de nada

Nadie se lo esperaba, no

Nadie se lo esperaba, no

Así la llaman desde el extranjero, Spanish Revolution, y la comparan con las revueltas en Oriente Medio, pero poco tiene que ver con ellas (o más bien nothing). España, aunque no lo parezca, es un país democrático en el que no hay instaurada una dictadura de decenios que haya que derrocar. España es un país simplón, con gobernantes incultos y poco preparados para sus cargos, en gran medida corruptos y muy, pero que muy, apoltronados.

La Spanish Revolution surgió, hace pocos meses, en el seno de Internet a cuenta de la famosa Ley Sinde, una suerte de norma legislativa fabricada a medida por un gobierno altamente presionado por los que realmente mandan, aquellos que sustentan el poder económico. Ello provocó la aparición del movimiento #nolesvotes, que promulgaba la retirada del sufragio a tres partidos políticos muy concretos, PSOE, PP y CiU, esto es, aquellos que apoyaron con su dedo en el botón la Disposición Final Segunda de la Ley de Economía Sostenible, más conocida como Ley Sinde. (Como lo cortés no quita lo valiente, desde aquí mi más sentido y sincero pésame a la familia de la ministra y a ella misma por la reciente y fatal noticia).

La idea fraguada en aquel momento no sólo desembocó en #nolesvotes, sino en otras iniciativas de mayor calado e ingenio como la genial Lista de Sinde. Sin embargo, con el paso del tiempo fue variando hacia un desencanto mayor, ya no sólo con los representantes políticos de agrupaciones concretas, sino con la clase política en general. No nos vemos representados y esto cada vez va de mal en peor. Cómo decía la famosa canción de Kortatu: hay algo aquí que va mal.

A la lista de golfos apandadores, a parte de los políticos, se fueron apuntando otros diversos entes públicos y privados, como los banqueros, los sindicatos, las patronales, los empresarios y etcétera. Vamos, lo mejorcito de cada casa; todos aquellos que han contribuido, contribuyen y/o son directos responsables de una situación inaguantable de crisis, desempleo, desorden y, en general, descojono patrio del que está más abajo en la pirámide alimentaria del estado de derecho.

Al calor de esta pataleta generalizada, asociaciones como Juventud SIN Futuro, Risastencia y, sobre todo, ¡Democracia Real YA! hacen suyas las consignas y se organizan de una manera dos punto cero increíblemente potente, mediática y efectiva. La revuelta internetera culmina con el llamamiento a una manifestación física a pie de calle, el día 15 de mayo del año en curso, al grito de “¡toma la calle!”. Aquella concentración reunió a más 130.000 persona en 60 ciudades distintas, el doble de los que fueron capaces de convocar los sindicatos en la última huelga general.

Ese día, tras la manifestación, las personas que acudieron a concentrarse en la madrileña Puerta del Sol, deciden realizar una acampada nocturna in situ. Esta decisión no le debió de parecer nada bien al alcalde de Madrid, por lo que mandó cargar a sus policías y sacar de allí a hostias a cualquiera que opusiera la más mínima resistencia. El resultado: más indignación, más cabreo, más enfado y un poco de lucha callejera. El día de furia se traslada al resto del país y se decide acampar en todas las ciudades posibles hasta el 22 de mayo, jornada de elecciones municipales en todo el imperio y también a juntas generales en algunas comarcas.

Y en ese punto nos encontramos ahora. Gente acampada por toda la piel de toro pide un cambio de sistema político, financiero y social. No se casan con nadie e, incluso, han recriminado a algún partido político la intención de arrimar el ascua a su sardina aprovechando la campaña electoral y las ideas afines.

Y ahora toca formularse la pregunta del millón de dólares: ¿va a servir esto de algo? La respuesta es muy sencilla: no. ¿Por qué? Muy fácil de explicar, porque así no se hacen las revoluciones. Para que exista una revolución profunda que realmente cambie algo es necesario que rueden cabezas, es necesario matar a gente. Los franceses, durante su famosa Revolución del siglo XVIII, no consiguieron terminar con el régimen monárquico, con la prepotencia de la Iglesia católica del momento y con la adinerada clase burguesa acampando frente a la Bastilla de San Antonio. El pueblo francés sacó las guillotinas a la calle y se pasó a cuchillo el cuello de gobernadores, militares, eclesiásticos y hasta el de un rey y una reina. Con dos cojones. Algo parecido a lo acontecido en Túnez, Egipto, Argelia o Libia recientemente.

Así es como realmente se han cambiado las cosas a lo largo de historia, quitando de en medio para siempre a los que mandan. La pega del asunto es que ya no estamos en el siglo XVIII, y se supone que los humanos de hoy en día somos más civilizados que los de antes. Aunque esta afirmación es algo más que discutible, porque me he jartado yo de reír viendo lo civilizados que eran los integrantes de nuestra clase política cuando celebraban públicamente la muerte de Osama bin Laden.

No seré yo alguien que abogue por la violencia y, mucho menos, por el asesinato de una persona, sólo constato los hechos y pongo de manifiesto la realidad pura y dura. No creo en la violación de los derechos humanos para conseguir fines políticos o sociales, pero tampoco creo que nada vaya a cambiar en el mundo que nos ha tocado vivir. El día 23 de mayo nadie se acordará ya de estas movilizaciones, la gente habrá ejercido su derecho al voto como siempre y tendremos un montón de alcaldes nuevos y otro montón que repite butaca, la mayor parte de ellos pertenecientes a los partidos mayoritarios del país. Es una auténtica pena, pero es así. No hay nada que hacer, i’m sorry.

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