El bundle de los cojones

Un bundle de esos

Un bundle de esos

Hace un par de semanas o tres llama a la oficina una moza, comercial de un proveedor nuestro, que me quiere ofrecer unos productos que tienen en muy buena oferta. Tras la presentación de rigor, lo primero que espeta por su boca es que tienen unos descuentos muy majos en un bundle que… ¡quieta parada!, la interrumpo. ¿Un qué? Un bundle. ¿Un?. Bundle.

Yo que soy muy mío, cuando no entiendo algo, suelo dejar que parloteen durante algunos minutos más, a ver si siguiendo el hilo de su soliloquio consigo adivinar de qué coño me están hablando. Y es que en el mundo de la informática va todo tan deprisa, que muchas veces aparecen artilugios o conceptos que la primera vez que los oyes te tiras de los pelos hasta que consigues adivinar qué pueden ser. Posteriormente se hacen como de tu familia y se quedan grabados a sangre y fuego en tu memoria.

El caso es que en esta ocasión no me pude contener y no tuve más salida que frenarla en seco, porque el bundle de las pelotas me sonaba tan cercano y a la vez tan distante que mi cerebro, a golpe de provocar repeticiones de la chiquilla, intentaba inferir su significado.

Por fin, y cuando le pregunté qué carajos era un bundle, la chica esbozó una sonrisa burlona que a través del teléfono no pude ver, pero que intuí perfectamente. Un bundle, caballero es un pack. Es que en mi empresa están un poco americanizados, sabe.

Tócate los cojones, resulta que el bundle del demonio no era ningún nuevo método de almacenamiento masivo ni ningún sistema interactivo de réplica de contenidos, sino un pack, un triste y simplón pack (en este caso de una impresora de tiques y un lector de código de barras). Vamos, que lo que hace años era un kit y luego pasó a ser un pack, ahora se llama bundle.

Nunca termino de entender completamente ese complejo que tenemos en España (y supongo que en otros países también) que hace que despreciemos de una manera vil nuestra lengua y sus vocablos en favor de anglicismos estúpidos y rimbombantes (que muchas veces terminan por ser aceptados por la RAE). Pero claro, es que ofrecerme un conjunto o un grupo de artículos en oferta no es cool ni fashion. Es mejor vender un puto bundle que suena a yankee doodle que te cagas y me va a entrar por los oídos como alta tecnología americana.

Somos lo más de lo más en cuestión de modernidad llamando pines a las insignias, cómics a los tebeos y tuppers a las fiambreras de plástico. Las cosas en inglés suenan mucho mejor, dónde va a parar.

Los calzoncillos se han convertido en slips, los aparcamientos en parkings y los representantes en mánager. No nos ofrecen un aperitivo, sino un cóctel; ya no vemos ningún tipo de programa televisivo, vemos magacines, reality shows y spots; y si comemos bacón creemos que nos engorda menos que la panceta ahumada. Aunque ya da igual engordar, en cualquier gym podemos encontrar clases de aeróbic, fitness, step y spinning. Por cierto, esto último es pedalear al ritmo de la música en una bicicleta estática de toda la vida. ¿Se imaginan un gimnasio que oferte “bicicleta estática a ritmo de música”? No va ni Dios. Pero si colocan un rótulo que diga spinning o indoor cycling, aquello se llena hasta la bandera. Qué paletos somos.

Pues yo lo siento mucho, pero mientras pueda utilizar las palabras de nuestro rico idioma (más rico y complejo que el inglés, que es una de las lenguas más fáciles y simples del mundo) lo seguiré haciendo. Y digo mientras pueda porque esta invasión es imparable y nos lleva a todos por delante como una riada. Desde luego que no hablaré de disco digital óptico si puedo decir deuvedé, pero un conjunto es un conjunto. Y se mete usted su bundle por donde le quepa, señorita. Do you know?

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