Las matemáticas y la madre que las parió

Aunque parezca mentira (me pongo colorada…) algunos somos adictos a la informática, el intenné y las nuevas tecnologías en general y, al mismo tiempo, aborrecemos con odio patrio todo aquello que huela lo más mínimo a matemático. Sí, sí, mirusté, que algunos fuimos incapaces de aprobar un puñetero examen de matemáticas sin copiar y se nos han dado mal, pero mal, desde pequeñitos. Qué cosa.

Suena a chiste, pero es que yo soy de letras. Estudié latín, historia, literatura y otras cosas de esas que no sirven para nada, sino para llenarte la cabeza de cultura y el pecho de sensibilidad, o sea para mariconadas sin fundamento alguno. Y es que a quién se le ocurre perder el tiempo en aprender, por ejemplo, a escribir bien cuando hoy día se dirime todo a golpe se esemese, y las faltas de ortografía a lo hoygan están de moda no perentoria en la Red de redes.

A algunos, digo, no nos gustan los posts de Microsiervos en los que nos intentan convencer de que es falsa la deducción matemática que demuestra que dos es igual a uno. Seguir esos procesos línea por línea se me hace eterno y aburrido, porque uno no pasó de la suma, la resta y la multiplicación (la división con calculadora), y en cuanto le sacan a algo el factor común por algún lado se pierde irremisiblemente. Además, lo poco que estudié sobre el tema me llega para saber que dos no es igual a uno, con preterición de demostraciones necias.

¿Y no te da vergüenza hablar así de las matemáticas siendo desarrollador informático? Pues no, oiga. Ni pizca. En mi trabajo he tenido nimios problemas para codificar algunos algoritmos que requerían de conocimientos matemáticos, pero con preguntar o buscar la respuesta por ahí he ido saliendo del paso. Afortunadamente estoy rodeado de cerebritos matemáticos que en un pispás te sacan el dichoso factor común a todo lo que se menea y te parametrizan una duda para x igual a lo que te haga falta. Traducirlo a un lenguaje de programación es pan comido. Trabajo en equipo; tú piensas, yo escribo.

En fin, que odio las matemáticas desde los cuadernillos de Rubio y seguirá siendo así por los siglos de los siglos. Supongo que es algún problema cerebral, ya que mi animadversión viene claramente dada por la total incomprensión de la materia. Soy incapaz de entenderlas y ellas no me entienden a mí. Y no me vengan con que no me las han explicado bien nunca, porque por profesores y enseñantes no habrá sido. Sigo diciendo que el problema está en mi masa encefálica y en la falta de las conexiones neuronales requeridas para comprender algo tan, para mí, etéreo.

Quizás algún día, cuando aprenda a despejar x (porque no descarto intentarlo de nuevo), tengo que borrar este post o tacharlo y corregirlo al pie. Ese día seré un hombre nuevo y un hombre renovado. Eso sí, sacando factor común hombre.

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