Ese recorrido de inexorable desenlace

El reloj no se detiene

El reloj no se detiene

Me siento traicionado, afrentado y vilipendiado. Cuando la propia sangre que corre por tus venas se levanta en acto de sedición contra su creador y descarga toda su furia recia y lozana, los pilares de la evolución tiemblan y las leyes de la genética se desmoronan en miles de piezas de un puzzle que difícilmente se puede volver a componer concertadamente.

No hay peor agravio que aquel que coadyuva a que la propia carne descubra lo diminuto y frágil que es el conocimiento y la experiencia, porque, así lo deseemos o no, el cuerpo termina por sucumbir a los efluvios ajados del paso del tiempo, y lo que éramos (o creíamos haber sido) no es más que lo que fuimos y nunca más volveremos a ser.

Resulta asaz doloroso y lacerante que los vástagos del presente sean diminutos proyectos en ciernes de futuros animales tecnológicos en despiadada carrera hacia la victoria sobre sus predecesores. Aquellos que fuimos los adalides del pasado, cada vez servimos menos a las órdenes de lo que acontece a diario. Somos a nuestros hijos lo que nuestros padres fueron para nosotros. Y ese recorrido de inexorable desenlace no se puede contener.

Hoy, mi hijo de tres años me ha ganado jugando a los bolos en el Wii Sports. Hagan el favor de obviar los comentarios, no estoy de humor.

10 comentarios a “Ese recorrido de inexorable desenlace”

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