Utilizar Internet para investigar a personas

CSI internetero

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El otro día tuve una discusión con unos amigos acerca de la inseguridad de nuestras entidades digitales y cómo eso nos puede llegar a afectar en el mundo real. Ellos me decían que yo exageraba, que no es tan peligrosa la Red como parece y que se magnifica demasiado cada noticia que surge al respecto, como los agujeros de seguridad de ciertas redes sociales o la falta de prudencia que tenemos a la hora de compartir datos personales.

Yo, que soy más burro que un arado, me mantuve en mis trece y les propuse un reto. Debían elegir al azar cualquier persona que en ese momento anduviera por la calle, y yo, solamente utilizando Internet, averiguaría tantos datos de ese ciudadano que se les iban a poner los pelos de punta. Evidentemente, necesitaba algo más que una cara física, porque milagros tampoco soy capaz de hacer (por ahora). Así pues, como condición indispensable, les propuse que la persona elegida fuera acompañada de un único dato más o menos relevante que me permitiera iniciar una investigación seria.

El reto fue aceptado, y el candidato en cuestión fue un chico, de unos treinta años, que en ese momento abría la puerta de su coche rojo, introduciéndose en él. Teníamos, pues, una cara que recordaríamos fácilmente (tupida barba, exceso de peso…) y una matrícula. Yo no necesitaba más.

El primer paso fue consultar al tío Google acerca de aquella matrícula. Yo sé que, en España, las multas impagadas se registran en el Boletín Oficial del Estado (BOE) y tuve la inmensa suerte de que aquel hombre algo le debía a Tráfico, aunque en este caso la consulta me llevó al BOPV (Boletín Oficial de País Vasco), por estar transferida la competencia en este campo.

Para ser honesto, he de reconocer que fue un golpe de suerte el asunto de la sanción, aunque no resulta tan difícil encontrar datos de un coche en Internet a poco que busques y sepas dónde buscar.

La multa (bastante elevada), en el Boletín viene acompañada del titular del vehículo y del Documento Nacional de Identidad (DNI) del mismo. ¡Horror! La titular era una mujer, pero aún así ya disponía de datos valiosos para seguir investigando. ¿Sería el coche de su novia, de su esposa, de su madre, un coche de empresa? Vamos a ver que ocurrió.

Con los datos (nombre, dos apellidos y DNI) de la dueña del coche, realicé una nueva búsqueda en Internet. El nombre a secas no me decía nada, no tenía cuenta en Facebook, ni en Tuenti, ni en ninguna otra red social. Sin embargo, el nombre y el DNI me llevaron a una nueva página del BOPV en la que se hablaba de un juicio de esta persona contra una empresa de servicios de limpieza (también se registran lo juicios públicos, sí). Estaba claro que era ella, porque todos sus datos coincidían. Pero, ¿quién demonios era aquella mujer?

Tras leer de cabo a rabo la sentencia, sólo pude recabar sus datos personales, además de los que ya tenía, como domicilio, código postal y ciudad donde vivía. Pero nada del hombre, ni como testigo en el juicio. Algo normal, me pareció, pues una demanda de una empleada a su antigua empresa no tiene porque arrojar luz sobre las relaciones sentimentales de la mujer, si es que algo le unía al muchacho del coche.

Mi siguiente búsqueda se dirigió hacia la dirección postal de la chica, y también tuve bastante suerte. Aparecía en una web de compra y venta de segunda mano en la que se ofrecía un ático abuhardillado en una zona céntrica de la ciudad donde, aparentemente, vivía ella. Al entrar a dicha web, y tras visionar detenidamente las fotos del piso por si algo me pudieran aportar, me percaté de que la persona de contacto para la información de compra no era una chica, sino un chico. Detallaba nombre y apellidos, además de teléfono fijo y teléfono móvil. Sin embargo hubo una cosa que me llamó la atención, los apellidos del hombre eran los mismos que los de la mujer, por lo que estábamos hablando de dos hermanos o, en su defecto, de una enorme, y poco probable, coincidencia. ¿Sería el hermano el chico que buscaba?

Otra búsqueda más me llevó a varias cuentas en Facebook con ese nombre y esos apellidos. No hube de indagar mucho más, en tres o cuatro clics llegué a su perfil y, estupefactos mis amigos y yo, comprobamos que aquel chico era el hombre del coche rojo. Pero no nos íbamos a quedar allí; quise llegar mucho más allá.

Tenía su nombre, sus apellidos, su foto, su antigua dirección y el que parecía ser su teléfono móvil. ¿Qué más podía averiguar? Pues mucho. Echando un vistazo a sus amigos feisbuqueros, hicimos una criba y elegimos una víctima, una señora algo mayor que parecía tener cara de picar el anzuelo como un panchito. Creamos una cuenta nueva en Facebook con identidad femenina, nos pusimos una cara que inspirara confianza y nos decidimos a atacar.

El mensaje que envié esa tarde a la señora, en la solicitud de amistad, hablaba de mí como una amiga del chico del coche rojo a la que le gustaba hacer nuevas amistades, queriendo congeniar con ella. Aporté datos reales que ya tenía, como nombre de él y su hermana, e, incluso, llegué a escribir que nos conocimos en tal barrio cuando él vivía en el famoso ático abuhardillado. Esto fue un poco suicida, porque yo no sabía realmente si había vivido allí, pero el caso es que coló, y ya tenía a la señora como amiga mía dos días después.

El caso es que este chico tenía sus fotos personales compartidas para todos sus amigos y los amigos de sus amigos, error bastante frecuente en esta red social, porque como crezca en exceso el número de tus amistades, al final puede ver tus fotos gente a la que no le interesan lo más mínimo. Era él, sin duda; pudimos observar el famoso coche rojo en una de las fotos (se veía también la matrícula). Asimismo, su hermana (la de los juicios y las multas) aparecía en varias fotografías con su nombre al pie e identificada, efectivamente, como la hermana del hombre del coche.

Me hice fácilmente con su correo electrónico, su fecha de nacimiento y hasta el colegio donde estudió, todo perfectamente compartido para extraños como yo. Intenté agregarle como amigo, pero no hubo suerte. Además, pude comprobar que disponía también de un perfil en Twitter que andaba bastante desactualizado.

El e-mail me llevó a nuevos horizontes de búsqueda, comprobando que había escrito bastantes mensajes en foros relacionados con motocicletas, que había comentado entradas en más de un blog de música heavy y que tenía una cuenta en Menéame desde la que hacía envíos de noticias que tenían relación casi exclusivamente con el mundo del motor. Ya conocía sus aficiones.

En fin, detuvimos la investigación en este punto porque ya no tenía ninguna gracia ni resultaba reto alguno. Pero mis amigos se quedaron con un palmo de narices cuando, partiendo de una cara y una matrícula, conseguí prácticamente radiografiar al sujeto del coche rojo.

Confesión. Toda esta historia que acabo de contar es totalmente mentira y ningún dato es verdadero. Sin embargo, es un relato factible sin necesidad de tener muchos conocimientos. Realmente no me he inventado la totalidad de la narración, algunos hechos son verídicos y más de una vez me he retado a mí mismo a indagar sobre la identidad virtual de una persona que no conozco de nada. Son bastante alucinantes los resultados que se pueden conseguir a golpe de clic y con un poco de suerte. Evidentemente, la historia anterior supone un escenario en el que esa suerte es un factor muy importante.

Lo que quiero es llamar la atención sobre esos datos propios que campan a sus anchas por Internet sin ningún tipo de seguridad, ya sean generados por nosotros o por terceras personas. Nuestra identidad digital no se encuentra para nada segura, y cualquiera que investigue un poco, sin ser policía, puede averiguar cositas de alguien que, si bien tampoco es que sean grandes secretos, pueden representar un incordio para su propietario.

¿Has buscado tu nombre, tu DNI o la matrícula de tu coche en Internet alguna vez? Hazlo. Por lo pronto, intenta buscar el mío y a ver si eres capaz de radiografiar mi vida con un mínimo de detalle.

8 comentarios a “Utilizar Internet para investigar a personas”

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