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E=mc2, ¿y?

Albert Einstein
Artículo original para teknoPLOF! de Andoni Talavera Préstamo
Hace no mucho me encontraba tratando de explicarle a mi abuela que la había localizado en una imagen del Street View de Google Earth, en la calle donde vive. ¡Abuela que te he visto en Internet! ¿Ande dices que aparezco, en la intenné? Me miraba como las vacas al tren. Trata tú de explicar a tu abuela lo que significa Internet, para lo que lo utilizamos sus nietos, cómo empezó y las implicaciones que tiene hoy día, que son tantas que, si te falta, parece que has vuelto a la época de las cavernas.
Y algo así me parece que nos pasa a la mayoría de los mundanos cuando leemos o escuchamos los maravillosos avances científicos que salen en las revistas o blogs especializados: el LHC, la búsqueda del Bosón de Higgs, etcétera. El caso es que todo, tarde o temprano, tendrá repercusión en nuestras vidas.
A día de hoy tenemos en nuestra vida cotidiana, desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, grandes teorías de física cuántica aplicadas minuto a minuto en cada una de nuestras acciones. Allá por 1917, Albert Einstein, después de todo el desarrollo de una teoría que sería punto de inflexión en la historia científica, entre otras cosas, predecía una forma de emisión de energía teórica (a la sazón no descubierta) a la que llamó emisión estimulada. ¿Y? Pues algo que no eran más que teorías, implica que hoy vivamos como lo hacemos, sencillamente. Aquella energía teórica era lo que posteriormente se daría en llamar láser (luz amplificada por estimulación de emisión de radiación).
La confirmación de la teoría no fue para nada algo inmediato, ya que el láser no aparecería en un laboratorio hasta 1958; más de cuarenta años tardaron en hacerse realidad las predicciones de Einstein. Y 93 años después, el láser lo tenemos hasta en la sopa: escuchamos música grabada en un CD, vemos películas en nuestro aparto de Blu-ray, vamos al súper a hacer la compra y pagamos en caja mientras un lector de código de barras identifica cada producto, hacemos mediciones milimétricas, nos curamos la miopía, disfrutamos en las discotecas con luces psicodélicas y un sinfín de aplicaciones más. Todo ello tuvo su origen en una genialidad que surgió de un lápiz y un papel como una consecuencia inevitable de la naturaleza que nos rodea. Ahí es nada.
La teoría de la relatividad tuvo muchísimas más aplicaciones, dando tiempo al tiempo; relativo, eso sí. Quizás la gente “normal” no haya llegado más allá de oír la Paradoja de los gemelos, cuando la utilidad práctica es mucho más accesible. En resumen, a dos gemelos se les separa. El primero de ellos se queda en la Tierra y el otro es enviado muy lejos en nuestra supernave espacial a la velocidad de la luz. La paradoja dice que, según la teoría de la relatividad de Einstein, cuando el gemelo espacial regrese a la Tierra se encontrará hecho un chaval comparado con su hermano terrestre, que le recibirá con una cachava y lleno de achaques. Hecho un abuelete, vamos. Esto es debido a la dilatación temporal. ¿Y? Pues bien, absolutamente todos los satélites que tenemos en órbita y que controlan todos nuestros movimientos deben ajustar sus relojes internos para estar permanentemente sincronizados con el tiempo de la Tierra. Los satélites artificiales, debido a su velocidad, se retrasan. Pero, a su vez, por el hecho de sufrir menos gravedad que si estuvieran sobre la Tierra, se adelantan. La suma de los dos términos resulta en que los relojes internos se adelantan con respecto a los de la Tierra. Es estrictamente necesario que los satélites GPS, pues, tengan en cuenta la teoría de la relatividad para que tú y tu esposa, en el coche, sepáis llegar el próximo verano hasta la playita recóndita que tanto os gusta y, además, a la hora que tú le habías dicho a la parienta que vais a llegar.
Existen también muchos aparatos cotidianos que tienen una amplia base cuántica por la cual se entiende su funcionamiento, como, por ejemplo, los microondas que utilizamos para calentarnos el café mañanero antes de irnos a trabajar. Todo su proceso es una interacción radiación-materia en función de los momentos dipolares de las sustancias que se colocan en su interior, esto es, si no introducimos algo cuyas moléculas sean algo así como “microimanes”, no se calentará, o si lo que normalmente metemos en su interior no tiene agua, tampoco se calentará. Es por ello que los platos vacíos no cogen calor o las tazas metálicas pueden llegar a reventar el electrodoméstico. Todo esto es explicado a través de complejas ecuaciones de interacción entre la radiación electromagnética y los momentos dipolares de algunas sustancias. En fin, ¿por qué la radiación de microondas hace rotar las moléculas, o la infrarroja produce vibración, o la radiación visible hace saltar electrones? Cuántica en estado puro, vaya.
Pero si tuviéramos que poner la medalla de oro a una aplicación que se sirve de la mecánica cuántica, es sin duda alguna aquella que revolucionó el mundo entero, aquella que hace que estés leyendo este blog, que llames con tu teléfono móvil, que juegues a una consola de videojuegos, que veas la televisión, que te despiertes por la mañana odiando el despertador y que aglutina una cantidad innumerable de utilidades más ¿Te lo imaginas? Efectivamente, el transistor. Esa pequeña maravilla creada en 1947 por los Laboratorios Bell, y a cuyos investigadores se les otorgó el Premio Nobel de Física en 1956. El transistor es un elemento que transformó la electrónica hasta tal punto que, a día de hoy, es la “neurona” que está presente en computadoras, teléfonos, televisores, satélites, misiles, etcétera. El funcionamiento del transistor tan sólo es explicable a través de la mecánica cuántica, la cual trató de entender cómo conducían la electricidad los metales, derivando en la llamada Teoría de bandas.
En fin, transistores, láser, microondas, GPS es sólamente el principio. Hay muchísimas aplicaciones terrenales que un día nacieron como grandes teorías, nada efímeras, de las pretéritas mentes pensantes. ¿Quién sabe dónde nos conducirán los experimentos que hoy se están llevando a cabo? ¿Qué aplicaciones prácticas tendrá en un futuro, por ejemplo, la Teoría de cuerdas? Sólo el tiempo lo dirá, pero, en principio, el futuro promete. ¿Y?
Un cuento para no dormir (o por qué las impresoras son tan baratas y los cartuchos tan caros)

Impresora láser ('laser printer' en inglés)
Ven aquí, mi nietecito bonito. Ven, siéntate en mi regazo que te voy a contar un cuento. Así muy bien; apoya tu cabecita en mi hombro que esta historia que voy a relatarte pertenece a una realidad pretérita, de no hace mucho tiempo, pero real como la vida misma. ¿Recuerdas que el otro día le comentaste a tu abuelo que los cartuchos de la impresora que hemos comprado eran muy caros para la poca tinta que tenían? Pues escucha, mi hijito, escucha.
Érase una vez, en las oficinas generales de Hewlett Packard en Palo Alto, California, no hace muchos años, que el presidente de la compañía convocó en una reunión a los mejores ingenieros de la empresa con el objeto de ponerles a prueba. El problema radicaba en que HP estaba literalmente perdiendo dinero con sus impresoras láser. Este tipo de máquinas acaban de salir al mercado y eran tan caras, pero tan caras, que se vendían fatal, sobre todo en el mercado doméstico.
Una bandada de ingenieros trajeados y encorbatados accedió a la sala de reuniones, y todos se fueron acomodando alrededor de una enorme mesa ovalada. La tensión se palpaba en el ambiente, pues no sabían por qué oscuro motivo el gran jefe les había citado allí con tal nivel de misterio y secretismo. Cuando el anfitrión apareció, el silencio se enseñoreó de la habitación mientras todos los participantes se levantaban en gesto de cortesía. Decenas de pares de ojos siguieron pausadamente el recorrido de aquel decano hacia su cómodo sillón, en la presidencia de la mesa. Se sentó y todos hicieron lo propio.
—Señores, tenemos un grave problema —comenzó tajante—. No vendemos impresoras láser al usuario doméstico y muy pocas a la empresa. ¿Y cuál es la razón? El precio. El costo de fabricarlas, de por sí ya alto, y nuestro propio beneficio hacen que su valor en el mercado sea tan elevado que se antojen prácticamente inaccesibles para los cosumidores.
Todos se miraban entre sí asintiendo. Ellos sabían que lo que decía el gran jefe era totalmente cierto, sin ningún género de dudas.
—Les he convocado hoy aquí —prosiguió— para solventar este tema de manera prioritaria. Tienen ustedes una semana exacta para encontrar una solución eficaz que permita rebajar los precios drásticamente. En la próxima reunión deberán proponerla.
Todos se quedaron atónitos y expectantes. Probablemente el que aportara la mejor solución recibiría una buena recompensa y sería ascendido. Era la oportunidad ideal para todos y cada uno de ellos.
Pasada una semana de la primera reunión, los ingenieros fueron de nuevo convocados por las altas esferas. Llegaron todos con multitud de papeles, estudios de mercado, gráficos, hojas de cálculo y demás parafernalia para referir sus exposiciones. Uno a uno fueron interpelados por el gran jefe acerca de las soluciones propuestas. Algunos hablaron de reducir el grosor y la calidad del plástico para ahorrar dinero, otros comentaron sobre las dimensiones y el ahorro del troquelado, muchos llevaban propuestas para disminuir el coste de los materiales de la maquinaria interna y hasta algunos sugirieron reducir el número de tornillos, documentando con cientos de datos la merma de presupuesto que ello conllevaría. Todas las ideas eran muy válidas, aunque no lo suficiente como lo que se deseaba desde la dirección de la empresa.
Había un joven ingeniero acomodado en un sillón de cuero que no había abierto la boca desde el principio de la reunión. El gran jefe se fijo en él y le preguntó por qué no comentaba nada, a ver si no había tenido ninguna idea.
—Estoy escuchando al resto de mis compañeros, señor —contestó él.
—¿Y podrías comentarnos qué impresión te causan las ideas que aquí se están proponiendo?
—La verdad es que están todas muy bien documentadas y estudiadas, pero no creo que ninguna funcione al cien por cien.
—¿Y quizás tú tienes alguna otra mejor?
—Por supuesto, señor. Yo tengo la idea clave para que la gente compre impresoras láser y ganemos dinero con ellas.
—¿Y nos la podrías comentar a todos, si no es mucha molestia? —Todos sonrieron de manera burlona.
—Claro que sí. Debemos vender las impresoras por debajo de su coste.
La tremenda risotada por parte de todos retumbó en las paredes de la sala de reuniones como un eco estruendoso rebotando en el interior de una caverna. Todos comenzaron a tachar de loco y demente al joven ingeniero. Los comentarios altisonantes circulaban alrededor de la mesa, pero el joven mantuvo el tipo y esperó a que todos sus colegas dejaran de reír.
—No habéis dejado que termine —comentó cuando por fin el silencio regresó a la sala—, permitidme que lo explique. La clave consiste en vender las impresoras por debajo de su coste y, por otro lado, triplicar el precio de los consumibles.
Todos quedaron perplejos mirando a aquel joven delgaducho y de aspecto desgarbado. El gran jefe se quedó pensativo durante varios minutos para, al final, esbozar una taimada sonrisa.
Aquel joven, nietecito mío, fue ascendido y colocado como un muy alto directivo de la empresa, ganando millones de euros al año. Las impresoras láser bajaron de precio drásticamente y la gente comenzó a comprar indiscriminadamente, sin sospechar el susto que posteriormente les daría el comprar el tóner en cuestión.
Y es por eso que desde ese día, la estrategia para la venta de impresoras, no ya sólo de HP, sino de todos los demás ahora también, se basa en rebajar al máximo su precio, elevando a veces hasta un 400% el precio de cartuchos y otros consumibles. Tampoco es hoy terreno cerrado a las impresoras láser, porque al final la política ideada por aquel joven ingeniero se trasladó al resto de sistemas de impresión.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado. Y baja ya del regazo so vago, que te estás durmiendo y con treinta y seis años que tienes ya no puedo contigo. ¡Parásito. Busca un trabajo, hombre! A ver si tú tienes algún día una idea así y me compras un chalé en Torremolinos.