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De los pollitos de colores a EyePet (pasando por el Tamagotchi)

EyePet
Cuando yo era pequeño se llevaban las mascotas de carne y hueso. El que no tenía un perro, tenía un gato o un canario e, incluso, algunos tenían una tortuga, que eso era ya el no va más de los animales domésticos. España era todavía muy rural, y en muchos pueblos los niños vivían a diario con conejos, gallinas, vacas y ovejas.
Por aquella época, en los mercadillos de pueblos y ciudades surgió una nueva moda que nos volvió locos a todos los críos: los pollitos de colores. Estos animales en cuestión eran pollitos reales, vivitos y coleando, a los que se les sometía a un proceso de pintado como si de puertas de madera se trataran. Era común ver al típico anciano con su caja de cartón vendiendo pollitos de colores y asegurando a las madres, acuciadas por sus hijos para adquirir un pollo azul o verde, que aquellas aves no vivían mucho tiempo debido a lo nocivo del coloreado de sus plumas. ¡Hay que ser cabrón para encima reconocerlo! Pobres animales.

Pollitos de colores
Recuerdo haber tenido un pollito de estos que, inexplicablemente, se convirtió en gallina, se salía de su caja y comía como una desquiciada. No sé que ocurrió con ella, pero supongo que nada bueno, porque mi madre se acordaba frecuentemente del viejo vendedor de pollitos de colores y de las palabras que aseguraban la corta vida de los bichos. Posteriormente se pusieron de moda los patitos, y los hubo también de colores. Pato ya no tuve, se antojaba demasiado tentar mi suerte y la paciencia de mi madre, así que opté por ni siquiera mencionarlo.
Y entonces la sociedad decidió volver a las mascotas normales con su colorido de serie. Cada vez se compraron más perros y más gatos, y animales exóticos y aves raras y hasta roedores, anfibios y reptiles. Y los animales se empezaron a abandonar en las cunetas cuando las familias se iban de vacaciones en verano. Qué bonito es un perrito como regalo de Navidad pero cómo molesta después cuando hay que ocuparse de él. Necesitábamos algo que gustara a los niños, que no fuera un incordio y, a poder ser, que no manchara mucho (o nada).
Los japoneses, que son más listos que el hambre, enseguida dieron con la respuesta a nuestras necesidades: el Tamagotchi, un pequeño aparatejo en forma de huevo que tiene una pantalla en blanco y negro pixelada donde se pueden observar las vivencias de una mascota virtual. Un animalito al que se puede alimentar, llevar al baño, regañar, felicitar y curar cuando está enfermo. Y todo ello metido en un trozo de plástico que cabe en el bolsillo.

Tamagotchi original
Desde 1996 hasta la actualidad se han vendido millones de unidades de 37 versiones distintas de Tamagotchi, con un éxito abrumador en un comienzo y un paulatino desencanto y descenso de popularidad después. Fue creado por Aki Maita, una japonesa de 31 años amante de las mascotas que en 1990 entró a trabajar para la empresa juguetera japonesa Bandai.
Es curioso, pero parece que los niños necesitan cuidar mascotas por cojones, aunque no quieran. Esa necesidad de trasladar el cuidado que ellos reciben de sus padres a un ser que puedan manejar y controlar con el objeto de educarlos en responsabilidad todavía continúa existiendo. Parece que las mascotas virtuales son el camino que debe ser seguido, y de ahí nace EyePet.
EyePet es un juego para PlayStation 3, creado por London Studio y aparecido a finales del pasado año 2009. Se basa en la utilización de la cámara PlaySation Eye y aprovecha los modernos conceptos de realidad aumentada para proponernos la interacción con una mascota de lo más divertida absurda. Una suerte de mezcla entre un pequeño simio y un gremlin es el protagonista de este divertimento que, si bien resulta una absoluta estupidez, la calidad técnica con la que está realizado es impresionante. En el siguiente vídeo podemos ver la presentación oficial de Sony para este videojuego.
El jugador es capaz de interactuar totalmente con el bicho, puede colocar objetos delante de él que el software interpretará para generar una respuesta coherente. Por ejemplo, si tiramos una pelota hacia el mono, este saltará fuera de su trayectoria para evitar ser lastimado. También reacciona a las acciones de movimiento y sonido que permiten al usuario, por ejemplo, hacerle cosquillas al animal o aplaudir para asustarlo.
EyePet llegará en un acogedor huevo que estará a tu cargo hasta el momento en que de él nazca una adorable y amistosa criatura, deseosa de que le prestes toda tu atención. La mascota, que se puede personalizar con pieles de distintos colores y disfraces varios, se puede afeitar para que esté más suave, hacerle pasar por la peluquería o curarle cuando esté malito (malaria o dengue digo yo que tendrá). Es capaz de interactuar con objetos virtuales, como camas elásticas o máquinas de hacer burbujas, y con objetos formados a partir de un dibujo real que es mostrado a cámara.
Una virguería de pasatiempo mascotil que deja a los pobres pollitos de colores totalmente desactualizados. ¡Cómo han cambiado las cosas en poco tiempo! Ahora habrá que ver si la fiebre EyePet dura o se desvanece en poco tiempo. El día en que estos juegos se empiecen a vender en las tiendas de mascotas habrá que empezar a preocuparse.
Las paletas de colores (a lo modelno que te rilas)

Paleta RGB
Los diseñadores web y los programadores tenemos la obligación, prácticamente, de comernos el coco hasta la estenuación con las distintas paletas de colores a fin de conseguir ese tono que desea el cliente. Y es que no es lo mismo el amarillo Nº 16 que el Nº 88. Sí, sí, los dos amarillos y muy parecidos; pero diferentes.
Dicen las mujeres que los hombres sólo reconocemos los tres colores básicos y poco más. Hace bien poco tuve la oportunidad de asistir a una ligera reyerta en la que se le imputaba a un pendejo la imposibilidad de distinguir el color salmón del naranja. Y es que al pobre hombre le sacas de la diferencia entre azul oscuro y azul clarito y se me pierde en la inmensidad del océano; azul, claro.
Lo de los matices está muy bien que exista, pero estamos acercándonos peligrosamente a la repijería cromática a la hora de ponerles nombre. Porque ahora resulta que el blanco ya no es sólo blanco, puede ser blanco, blanco roto, blanco siena, blanco de plata, de cinz, de titanio, blanco humo, blanco marfil, blanco alabastro y hasta un blanco denominado medio sucio. En realidad existen 243 tipos de blanco, fíjate, y estos no son más que una escueta muestra. Todo ello sin meternos en el terreno de los cremas y grises muy pálidos, que entonces ya nos perderíamos para siempre.
Yo, a decir verdad, estoy que no me encuentro hace mucho tiempo. Para mí entre el blanco y el negro sólo está el gris y, como mucho, el gris oscuro. Punto. Me cuesta distinguir entre el morado, el lila y el violeta tanto como diferenciar una bufanda de una pashmina, un fular, un echarpe y una pañoleta. Cosas de mujeres, vaya.
Hoy en día (aunque supongo que siempre han existido, ahora sólo se les ha dado un nombre) tenemos azul celeste, marino, sucio, marrón tierra, marrón rojizo, melocotón suave, granate pasado, verde grisáceo o, incluso, pastel chicle y verde aguamarina cremoso.
En el sitio web de una tienda de moda femenina aseguran que los colores estándar son: negro, verde bosque, azul marino, azul real, azulejo, petróleo, carbón liso, olivo, desierto, natural, limón, butano, rojo fuego y teja. Si estos son los colores estándar, no quiero ni pensar cuales serán los demás. Vale…, lo pienso, lo busco y lo encuentro… Entre ellos puedo observar asombrado colores como pizarra, azul noche, perla, verde botella, kiwi, mandarina, óxido, capuchino o sáhara.
Y hay más, sí. Podemos complicar la cosa hasta un punto de casi no retorno mental: azul arábigo, canela, militar, piñón, travertino, laja verde, hoja seca, tabique, ultramar, recinto o maple. También existe el rojo cardenal, el rojo burgundy, el verde bosque, café chocolate, anonizado natural, diamante negro, melocotón claro, el burdeos, azul índigo, rojo indio, fumé claro y cristal sombra.
¿Dónde vamos a parar? Es posible que en el futuro pidamos una prenda en una tienda pero, por favor, que sea en naranja melocotón almibarado con toques de mandarina pastel al atardecer de una noche negra azabache de verano, que si no no me va con los ojos que los tengo verdes, del verde de toda la vida.
¡Venga, hombre!


