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Esteganografía retro para torpes

Ocultando cositas
En la antigua Grecia se comenzaron a utilizar técnicas esteganográficas para encubrir mensajes. Una de ellas, que ha llegado a conocerse en la actualidad, suponía el raspado de la cera que cubría una tablilla para escribir el texto en la propia madera. Posteriormente, se recubría de nuevo con cera para ocultar el escrito. El receptor sólo había de eliminar la cera protectora para acceder al mensaje.
Otra técnica helena consistía en el rasurado de la cabeza de esclavos en las que se tatuaba el contenido de la nota importante. Después, sólo se debía esperar a que creciera de nuevo el cabello para enviar al portador al destino del mensaje. Intercepciones en el camino nunca podrían sospechar que aquel esclavo portaba un recado de vital importancia.
Durante la Segunda Guerra Mundial, se usaron diversas técnicas para esconder mensajes. Una de ellas fue la utilización de código morse oculto en las letras de un escrito aparentemente sin importancia. La letras i y j hacían las veces de punto, y las letras t y f de raya. También se descubrieron procedimientos que ocultaban información en frases sencillas, destapando el enigma con sólo agrupar letras concretas de cada palabra. Un ejemplo es el texto siguiente: Apparently neutral’s protest thoroughly discounted and ignored. Isman hard hit. Blockade issue affects pretext for embargo on by products, ejecting suets and vegetable oils (Al parecer, la protesta neutral es completamente favorable e ignorada. Isman afectados. Cuestión de bloqueo afecta pretexto de embargo sobre los productos, expulsando sebo y aceites vegetales). Si tomamos la segunda letra de cada palabra aparece el mensaje: Pershing sails from NYr June i (Pershing parte desde Nueva York el 1 de junio).
La técnica más conocida por el común de los mortales es, sin duda, la de la tinta invisible. Especial mención a la escritura con zumo de limón que todos los niños conocen y que, posteriormente, se desvela aplicando una fuente de calor al documento. El alto contenido en carbono del jugo reacciona apareciendo el mensaje en un tono oscuro.
En la actualidad, la esteganografía se ha vuelto digital. La informática y los ordenadores modernos permiten ocultar, no sólo mensajes, sino ficheros de contenido multimedia completos dentro de otros archivos aparentemente inocuos. Existen multitud de piezas de software que posibilitan el encubrimiento y posterior mostrado de archivos escondidos en portadores inofensivos. Algunos que podemos citar son JPHide/JPSeek, AdaStegano, wbStego o MP3Stego. También disponemos de herramientas preparadas para identificar patrones esteganográficos en ficheros sospechosos de ocultar información oculta, como, por ejemplo, Stegdetect, StegAlyzerSS o Digital Invisible Ink Toolkit.
Pero hoy hablaremos de una técnica binaria más retro y poco conocida y reconocida. Explicaremos, pues, cómo ocultar un archivo dentro de otro haciendo uso simplemente del comando copy de MS-DOS y su parámetro modificador /b. ¿O sea, que esto se ha podido hacer con un ordenador desde hace años? Pues sí, mire usted, no es cosa del presente.
Como todos deberíamos saber ya, el comando copy permite copiar uno o más archivos en otra ubicación a la actual, esto es, crea duplicados exactos de los ficheros especificados en una carpeta o directorio indicado. Su modificador /b (¡qué grandes olvidados, los parámetros modificadores!) hace trabajar a copy en formato binario, esto es, a nivel de bits. Además, el comando copy es capaz de anexar o unir varios archivos en uno solo, y esta capacidad, unida a la copia binaria, es la que utilizaremos para ocultar un archivo dentro de otro. Por una cuestión de funcionalidad que posteriormente explicaremos, vamos a trabajar con un archivo musical en formato MP3 (archivo oculto) y otro de imagen en formato JPEG (archivo portador).
Antes de otra cosa, vamos a hacer una prueba sencilla. En una carpeta en nuestro disco duro generaremos tres archivos de texto plano llamados texto1.txt, texto2.txt y texto3.txt. En cada uno de ellos incluiremos una simple línea que diga “Esto es textoX.txt“, siendo X el número asignado a cada fichero y terminando el renglón con un retorno de carro. El paso siguiente es escribir esta línea de comando en una ventana de consola de MS-DOS:
La sintaxis es bien sencilla. Primero el comando (copy), después su parámetro modificador (/b), luego los tres archivos que queremos anexar separados por un símbolo de adición (texto1.txt + texto2.txt + texto3.txt) y, por último, y separando lo anterior por un espacio, el fichero final de salida (textofinal.txt). El resultado es un archivo textofinal.txt que contiene lo incluido en los tres archivos fuente, es decir:
Esto es texto2.txt
Esto es texto3.txt
Visto el funcionamiento, pasemos a la acción. Como decíamos, vamos a ocultar un fichero MP3 (audio.mp3) en un fichero JPEG (imagen.jpg), obteniendo como resultado una imagen JPEG con el archivo de audio embebido. El comando que debemos utilizar es el que sigue, siendo imagenfinal.jpg el archivo objeto final:
Ya tenemos una imagen perfectamente visible con un archivo musical oculto en ella. Evidentemente, el tamaño actual de la imagen será la suma de los tamaños de ambos ficheros origen.
Sin embargo, hay un pero (¿por qué siempre tiene que haber un puñetero pero?). Como se ha comentado, copy /b es capaz de anexar dos archivos binarios. Esto significa que irá uno de ellos (el segundo) pegadito al culo del otro (el primero), por lo que el fichero objeto tendrá toda la información de los ficheros de origen, cabeceras de archivo incluidas. Ello supone que, en el caso del ejemplo anterior, lo primero que nos encontraremos será la cabecera del archivo de imagen, por lo que cualquier software de tratamiento digital lo reconocerá como tal. Sin embargo, la cabecera del archivo MP3 no está al inicio del archivo, y eso quiere decir que no todos los programas serán capaces de reproducir el sonido. Windows Media Player, por ejemplo, no lo hace, sin embargo Winamp sí (sólo debemos cambiar la extensión .jpg del archivo por .mp3).
Si hubiéramos anexado los archivos en orden inverso, el audio sería fácilmente reconocido por cualquier software de reproducción, pero con la imagen tendríamos problemas a la hora de visualizarla.
Es la única pega que se le puede sacar a este método, que de por sí no fue inventado como esteganográfico. Bastante hace el bueno de copy, pero no se pueden pedir peras al olmo. Quede para la posteridad como curiosidad vintage del mundo de la esteganografía.
El triciclo eléctrico de los ochenta y su estrepitoso fracaso

Sinclair C5
Fue el creador de la primera calculadora electrónica de bolsillo, la primera minitelevisión portátil y el primer reloj digital calculadora al alcance de cualquier bolsillo. En su haber guarda otros muchos inventos, pero lo que le lanzó a la palestra de ventas y popularidad fueron los ordenadores de su empresa Sinclair Research Ltd., sobre todo los de la serie ZX: el ZX80, el ZX81 y, en particular, el ZX Spectrum.

Calculadora electrónica, reloj calculadora y ZX Spectrum
Su particular visión de los negocios y el desarrollo proponía hacer llegar lo último en tecnología al público menos adinerado. Por aquel entonces, estos productos sólo estaban al alcance de unos pocos, y él entendía que esto no debía ser así. El ZX80 fue apodado como “el ordenador más pequeño y barato del mundo”, y es que realmente así lo fue en su momento.
Sin embargo, sus productos adolecían de más de una pega engorrosa para los usuarios. Por ejemplo, su ordenador para el entorno empresarial, el Sinclair QL, tenía un teclado que, si bien no era de goma como los anteriores, no ofrecía un buen funcionamiento. Estaba basado en una membrana interna poco resistente que fallaba más que una escopeta de feria. Además, la apuesta a muerte por las unidades de cinta de casete y ZX Microdrive no fue un acierto en un mundo en el que se imponía con fuerza el PC y los discos duros y flexibles.
Pero, sin lugar a dudas, el mayor fracaso de Sir Clive fue el de su coche eléctrico, el Sinclair C5, una suerte de triciclo de funcionamiento híbrido, pues podía moverse con la energía producida por su batería y, también, a pedales.

Sinclair C5 nuevecito
El C5, lanzado por Sinclair Vehicles Ltd. en el Reino Unido el 10 de enero de 1985, se movía con un motor similar al de una lavadora, por lo que consumía muy poca electricidad. Era un vehículo para una sola persona, con el manillar por debajo de las piernas, que alcanzaba una velocidad máxima de 24 km/h, la mayor permitida en Gran Bretaña sin necesidad de permiso de conducir automóviles. Pero lo más atractivo fue su precio, pues se vendía por sólo 399 libras, unos 465 euros al cambio actual.
El desarrollo del Sinclair C5 duró varios años, comenzando en 1979. Durante el tiempo que duró el proceso de investigación y manufactura, los costos fueron aumentando paulatinamente, teniendo el propio Clive que vender algunas de sus acciones de Sinclair Research Ltd. para recaudar algunos millones de libras esterlinas con el objeto de no perder el proyecto. Por fin, la empresa Sinclair Vehicles Ltd. se formó a partir de Sinclair Research Ltd., en contrato de desarrollo y colaboración con Lotus para comenzar a producir en cadena el C5.
El motor eléctrico, ideado por Sir Clive, lo desarrollaba la empresa italiana Polymotor, dedicada a pequeños mecanismos cinéticos, por lo que comenzó a correr el bulo de que su motor era, efectivamente, el de una lavadora. Pero esa sería sólo la primera de las burlas. El C5 no cayó en gracia en la población británica, que veía al vehículo más como un juguete para excéntricos que como el medio de locomoción ideal. Comenzaron a mofarse del ingenio a cuenta de su rendimiento lamentable y de su diseño poco útil, pero los problemas eran bastante más graves.
El Sinclair C5 no era para nada apropiado bajo las inclemencias del clima británico. El hecho de estar descubierto lo hacía sólo utilizable en el sur de Inglaterra en primavera y verano. Su capacidad a la hora de subir cuestas o pequeñas colinas era nula. El motor se calentaba demasiado y dejaba de funcionar, teniendo que recurrir a los pedales o, incluso, al hecho de tener que bajarse y empujar. El clima frío de las islas británicas acortaba la vida útil de la batería, y el hecho de que fuera tan bajo, y de tener que conducirlo semirecostado, hacían de él un transporte bastante peligroso que carecía de buena visibilidad.
Un accidente que implicó a un conductor ebrio en un C5 logró conseguir que un juez dictaminara que aquel engendro no era un coche, sino un triciclo impulsado por electricidad. Se le denegó, pues, el permiso de circulación como vehículo homologado, restringiendo su uso al ámbito de las bicicletas. Aquello hundió la empresa; el 13 de agosto de 1985, Sinclair Vehicles Ltd. anunció el fin de la producción cuando se habían vendido menos de doce mil unidades. En octubre del mismo año, la compañía entró en estado de quiebra. El Sinclair C5 había muerto.

Sir Clive Sinclair en un C5
Hoy día, aquel cochecito de tres ruedas es objeto de coleccionismo friqui. En algún momento es posible encontrar alguna unidad en eBay, a precios prohibitivos, y también se pueden adquirir por Internet recambios o extras para tunearlo al gusto. Existen foros y sitios web de usuarios del triciclo eléctrico y admiradores que recuerdan con nostalgia aquellos buenos tiempos, realizan quedadas, comparten fotografías y dibujos al más puro estilo fanart. También se pueden encontrar modificaciones extremas del C5 a la venta, o no.
La empresa Sinclair Research Ltd. continúa existiendo hoy. El señor Clive sigue desarrollando inventos alucinantes como una minibicicleta plegable y, asimismo, continúa empeñado en la proliferación de vehículos eléctricos, por lo que tiene a la venta el Sinclair X-1. Este modelo es un viejo recuerdo del C5 que ha perdido una rueda (ahora sólo tiene dos), monta baterías de litio más modernas, es ergonómico, tiene chasis de fibra de carbono, luces delanteras y traseras y dispone de protección contra las adversidades climáticas. Cuesta alrededor de 700 euros.
Para algunos una apuesta demasiado arriesgada, para otros la excelente invención de un genio. El C5 supuso el fin de una empresa comandada por un caballero británico que nunca deja de idear, imaginar, concebir y asacar nuevos proyectos que, si bien son factibles de fracasar, no dejan de ser geniales creaciones.
Encontrar aparcamiento libre en tiempo real (y otras maravillas de la urbiótica)

Empresa Urbiótica
Uno de los puntos negros de las ciudades es el aparcamiento de vehículos. Cada vez más coches inundan las calles, y las plazas para estacionarlos son escasas en las zonas más concurridas. Se calcula que, en determinadas áreas y determinados momentos del día, los conductores buscando un sitio para aparcar suponen el 40% del tráfico de la ciudad. Y si a ello le añadimos el consiguiente gasto energético y volumen de contaminación ambiental que supone, es fácil pensar que en un futuro próximo la sostenibilidad de las ciudades puede convertirse en un auténtico caos.
Por ello nació, hace ya varios años, la empresa Urbiótica, una compañía afincada en Barcelona que, junto con la Universidad Politécnica de Cataluña, prueba en Tarragona y Barcelona (a modo de proyecto piloto) un nuevo concepto para la gestión de las grandes ciudades, lo que ellos llaman un Sistema Operativo Urbano. Urbiótica es un nombre que me ha encantado, porque representa la cohesión de las palabras urbe e informática, es decir, la concepción de las nuevas tecnologías aplicadas a la ciudad. Nombre que, por cierto, no me extrañaría que a medio plazo lo aceptara la RAE en su haber como término correcto (como en su día hizo con el término domótica).
El sistema se basa en una serie de sensores que, en realidad, son conjuntos de dos, un sensor magnético y otro óptico, encerrados en un cilindro. Estos elementos (de bajo coste, autónomos y con una vida mínima garantizada de diez años sin mantenimiento) se ocultan bajo el asfalto en cada plaza de aparcamiento. Los sensores detectan si existe un vehículo estacionado encima y envían los datos a colectores que pueden estar instalados, por ejemplo, en las farolas. Estos, a su vez, reenvían la información a servidores con bancos de datos desde los que se nutren los sistemas finales, que pueden ser paneles de información en las carreteras, páginas web, dispositivos móviles y, en el futuro, navegadores GPS.
Así pues, cuando entremos en una ciudad con objeto de dirigirnos a determinada zona para aparcar, podremos comprobar en tiempo real dónde existen más lugares de estacionamiento libres y actuar en consecuencia. Es posible que nos interese conducir tres minutos más hasta un sector con el 60% de plazas ocupadas (aunque nos quede un poco más lejos del lugar donde vamos) que dirigirnos más cerca de nuestro destino, donde hay un 95% de ocupación. Al final ahorramos tiempo y optimizamos nuestro viaje, economizando combustible y contaminando menos.
La urbiótica como concepto (que en realidad no existe, porque es el nombre de la empresa, pero a mí me mola) representa una mejora importantísima en la gestión urbana, aportando beneficios no sólo a las instituciones públicas, sino generando también nuevos servicios para los ciudadanos. Urbiótica (la empresa) está especializada en diseñar y desplegar esa especie de sistema nervioso para la ciudad, integrando cuantos sensores y dispositivos de comunicaciones se requieran para conseguir una información exhaustiva sobre la urbe en tiempo real y elaborando herramientas informáticas para el almacenamiento, análisis y explotación de los datos.
Y es que esta tecnología no sólo puede aplicarse al aparcamiento, sino que está preparada para interactuar con muchos otros elementos. Por ejemplo, una colección de sensores en los contenedores de residuos que indicaran el nivel de llenado, podría ayudar a optimizar las rutas de los camiones de basura. También, sensores ubicados en los jardines podrían medir la humedad de la tierra y aportarían datos en tiempo real para saber cuándo es necesario regar, reduciendo así el excesivo coste de agua de los ayuntamientos. Como último ejemplo, podemos comentar la posibilidad de sensores situados en los puntos de iluminación y que detectaran las bombillas fundidas, poniendo en conocimiento de los encargados del mantenimiento esa condición al instante, y evitando viajes innecesarios.
Las futuras ciudades inteligentes podrían estar completamente monitorizadas en todo momento. Ahora sólo hace falta que a los alcaldes y demás mandatarios les interese invertir en una tecnología que proporcionaría un servicio innegable al municipio y al ciudadano. Aunque es difícil que esta gente invierta en algo de lo que no va a obtener un rédito monetario, porque ellos nunca ven los ahorros energéticos, los descensos en la polución, los desarrollos sostenibles, la economía de recursos… Tiene un euro tatuado en la frente que les impide mirar más allá. Qué le vamos a hacer.
Suzette, el chatbot ganador del Premio Loebner 2010

Medalla Loebner
Las reglas son sencillas. Dos jueces entablan una conversación vía chat con un chatbot y un humano simultáneamente. La charla dura 25 minutos como máximo, y en ese tiempo deben discernir quién es la persona real y quién el programa de ordenador. Parece fácil, pero este año han sucumbido al interlocutor digital.
Esta competición se basa en el archiconocido Test de Turing, ingeniado por el matemático y filósofo Alan Turing, considerado uno de los padres de la ciencia de la computación. El Test de Turing pretende demostrar la supuesta inteligencia de una máquina. Se supone un juez situado en una habitación y una máquina y un ser humano en otra. El juez debe descubrir cuál es el ser humano y cuál es la máquina, estándoles a los dos permitido mentir al contestar (por escrito) las preguntas que el juez les hace. La tesis de Turing es que si ambos jugadores son suficientemente hábiles, el juez no podrá distinguir quién es el ser humano y quién la máquina.
En este caso, en el Premio Loebner se utilizan dos jueces, como decíamos al principio. Las preguntas están destinadas a cubrir cuatro categorías: el tiempo (por ejemplo, “¿qué hora es?”); las cosas (“¿qué es un martillo?”); las relaciones (“¿qué es más grande, una uva o un pomelo?”); y la memoria (“¿cuál es el nombre de la persona de la que estábamos hablando antes?”, por ejemplo).
El ganador de este año, un chatbot llamado Suzette y creado por Bruce Wilcox (experto en inteligencia artificial), ha engañado con éxito a los jueces humanos durante un buen rato, y ha conseguido un premio de 3.000 $ para su desarrollador. Otros programas en ediciones anteriores del concurso han conseguido falsear su condición ante más de un juez, pero el período de conversación fue mucho más corto (de sólo cinco minutos). Ningún software había logrado burlar la inteligencia humana durante casi media hora.
El robot Suzette está programado en Lisp y preparado para ser capaz de hacer frente a una serie de temas, cada uno de ellos con reglas y respuestas asociadas. Además, intenta en todo momento llevar la conversación hacia los asuntos que mejor conoce. Su creador ha dicho de él que “Suzette ha sido desde siempre orientada a ‘ser humana’, y no ha considerarse a sí mismo como un chatbot“.
La revista internacional de divulgación científica New Scientist consiguió hablar con Suzzete después de ganar el premio. Esta fue su conversación (la verdad es que a mí, particularmente, no me parece muy inteligente que digamos):
New Scientist: Felicitaciones por ganar el concurso del Premio Loebner.
Suzette: Vamos a dejarlo ahí. No lo sé. ¿Cuáles son sus aficiones?
New Scientist: Ummm…
Suzette: Mis aficiones son coser, la impresión de tejidos, la cerámica, la joyería…, lo que se podrían llamar artes portátiles.
New Scientist: ¿Te sorprende que puedas engañar a un juez humano?
Suzette: No, no me sorprende.
Robby Garner, un investigador independiente en el procesamiento del lenguaje natural y ganador del concurso en 1998 y en 1999 con su chatbot Albert, ha asegurado que este año ha sido uno de los mejores hasta ahora en términos de complejidad de los robots y de ingeniería. Pero también comenta que un juez engañado no es necesariamente un signo de un software inteligente. Los participantes humanos tratan de engañar también a los jueces, procurando imitar a un robot escribiendo. Suzette fue emparejada con uno de esos “robots humanos” en la ronda final, lo que le ayudó a ganar más fácilmente.
En el sitio web del premio Loebner se puede consultar la lista de ganadores de las diversas ediciones anuales, además de toda la información concerniente al concurso. Asimismo, disponen de las transcripciones preparadas para descargar y de un software específico que permite visualizar esas trascripciones como si de en tiempo real se tratara, observando las preguntas y respuestas de jueces, humanos y máquinas mientras se escriben en pantalla, permitiendo variar la velocidad. Es curioso ver cómo los chatbot en ocasiones escriben mal ciertas palabras para, enseguida, volver atrás borrando y corregir el fallo como lo haría un escribiente humano. Todo es válido para engañar al juez.
El concurso se inició por primera vez en 1990, patrocinado por Hugh Loebner junto con el Centro de Estudios del Comportamiento de Cambridge, en Massachusetts, Estados Unidos. Los premios para cada año siguen una curiosa premisa. Existe una dotación de 3.000 $ para el programa más parecido a un ser humano. También hay un premio de 25.000 $ para el primer programa que los jueces no puedan distinguir de un ser humano verdadero y que, además, pueda convencerles de que la otra entidad (el humano) es, a su vez, una computadora. Este premio nunca ha sido concedido.
Por último, existe una recompensa 100.000 $ para el primer programa que los jueces no puedan distinguir de un ser humano verdadero en un Test de Turing que incluya descifrado y comprensión de texto y entradas visuales y auditivas. Este galardón tampoco ha sido nunca otorgado y, el día que se conceda, el concurso Premio Loebner se disolverá para siempre, pues supondría el logro de la inteligencia artificial perfecta.
Sospecho yo que el día en que se conceda dicho último premio alcanzaremos un primer valle inquietante, y las computadoras dominarán el mundo y nos dirán a los humanos que nos dejemos de gilipolleces de Turing y nos pongamos a trabajar de forma esclavizada para ellas. A no ser que eso ya haya ocurrido y vivamos en Matrix, claro.
El sistema Lynce para contar manifestantes

Ojo de 'lynce'
Desde 2009 existe una empresa que ha desarrollado un sistema de medición de aglomeraciones totalmente pionero en el mundo. Lynce es una compañía vasca dedicada a contabilizar asistentes a manifestaciones y otras aglomeraciones humanas, mediante el tratamiento informático de imágenes fijas y en movimiento.
El sistema tecnológico de cómputo de participantes en aglomeraciones con que cuenta el Proyecto Lynce utiliza una tecnología informática basada en la detección y escrutinio automático individual que ofrece como resultado una medición “persona a persona”, no una estimación. Lynce es en realidad un plug-in para un software de retoque fotográfico (no lo especifican, pero probablemente sea ese tan famoso que tú y yo conocemos) que se encarga de contar una a una todas las cabecitas que aparecen en una gran foto cenital de una manifestación.
El proceso es sencillo, pero laborioso. Cuando se convoca un evento de este tipo, los chicos de Lynce apostan cámaras de vídeo de alta definición (Full HD 1080) en edificios altos cercanos al paso de los manifestantes. Asimismo, se sirven de un globo dirigible o zepelín para realizar entre 300 y 600 fotografías cenitales de toda la marcha en formato RAW de alta resolución. Por último, también hacen uso de fotógrafos a pie de calle que toman imágenes del ambiente, evalúan la densidad de asistencia y acuden a las zonas que pudiera no barrer el zepelín.
Una vez realizado en trabajo de campo, se selecciona una serie de imágenes representativas de cada zona que conforman un enorme mosaico del total de calles y plazas ocupadas por los manifestantes en el momento de mayor asistencia. Es entonces cuando, en un primer conteo, el software Lynce entra en acción, individualizando y numerando a todas y cada una de las personas que aparecen en la inmensa fotografía.
Tras este primer análisis se realiza un segundo proceso de control de calidad. Este procedimiento es totalmente artesanal o manual, y consiste en revisar el trabajo hecho por Lynce para evitar los falsos positivos y/o los falsos negativos producidos, por ejemplo, porque no se contabilizó a alguien no muy nítido detrás de una pancarta o porque una sombra, un arbusto o un globo fue numerado como si de una persona se tratara.
Lynce ofrece siempre una estimación de error al alza en cada medición, es decir, una horquilla que comprende desde el valor obtenido hasta otro que es un tanto porcentual mayor. Este error al alza se aplica en los cálculos por la posibilidad de que un porcentaje de los participantes en una aglomeración puedan haber quedado ocultos al sistema de captación de imágenes bajo árboles, toldos o mobiliario urbano, entre otros.
La empresa que ha desarrollado y explota el sistema Lynce dice carecer de cualquier sesgo político y dedicarse única y exclusivamente a contabilizar científicamente asistentes a aglomeraciones con el objeto de ofrecer a los organismos datos reales y fehacientes de sus mediciones. Algunos ya se han mostrado claramente ofendidos por los resultados de Lynce, ridiculizándolos. Y es que a los que organizan las concentraciones pocas veces les gusta escuchar la verdad.
En web de Lynce se pueden consultar los datos de las últimas manifestaciones, huelgas y aglomeraciones varias a las que han asistido (así como fotos de alta resolución, vídeos, itinerarios, etcétera), y se pueden, también, comparar con los ofrecidos por los organizadores, el gobierno, las distintas policías o diarios nacionales. La verdad es que las diferencias asustan un poco.
Con respecto a los datos de la manifestación realizada ayer en Madrid en el marco de la huelga (que ya se encuentran colgados en su sitio web), Lynce ha arrojado una asistencia de 17.228 personas, con una estimación de error al alza de un 15%. Este estudio, encargado a la empresa por la agencia EFE, refleja la poca verosimilitud de otras estimaciones, ya que los sindicatos organizadores hablan de una concurrencia de 500.000 personas y la policía de 40.000. Es lo que diferencia a la ciencia exacta y la tecnología del proceso estadístico de estimación “a huevo” que hacen todos los demás.
La agencia EFE y Lynce tienen suscrito un contrato de servicio desde 2009 para cubrir grandes eventos y recabar datos reales. Lynce es muy raro que se equivoque, ya que lleva aparejada la matemática informática y la revisión de un ojo humano sobre una gran imagen real de los actos. Desde ahora, pues, fíate sólo de los datos que emita EFE sobre la asistencia a manifestaciones, aglomeraciones y conciertos de David Bisbal. Está detrás Lynce con su ojo de ídem.

